jueves, 28 de febrero de 2013

Los del megáfono


Que cantidad de información recibimos a lo largo del día. A veces útil e importante y otras no. Por ejemplo ayer, ¿era realmente necesario enterarnos de que que la señora del andén de enfrente iba a hacer un puré con calabacín? ¿tenía que saber que la conocida de la chica del otro extremo del vagón era una mentirosa compulsiva? ¿era imprescindible que toda la oficina se enterase de la conversación telefónica que estaba manteniendo una compañera? Pues no. Particularmente a mi me importaban un bledo. Pero he tenido que soportarlas porque procedían de ese tipo de personas que desayunan megáfono y no son capaces de hablar por debajo de los 150 decibelios. O lo que es lo mismo, el ruido que produce el despegue de un avión a reacción. ¡Qué molesto es! Y parece que va en la idiosincrasia de los españoles, pero me cuesta admitirlo. Porque me imagino que como yo, habrá muchas otras personas a las que les moleste esto mismo. Y creo que si seguimos subiendo el volumen, terminaremos todos sordos y tendremos que gritarnos aún más. ¡¡¡no, que espanto!! Y no sé si es cosa de nacimiento, educación o ambas cosas. Así que, en la medida de lo posible, estoy tratando de que la Princesa descubra el mundo del susurro. Tal es mi intolerancia a los gritones, que este verano decidí instalarme una aplicación en el IPhone que medía los decibelios. Cuando los niños (Princesas y Diegote) sobrepasaban el límite, me hacía la sorda. Y así conseguí que al menos dos días hablaran en un tono normal. Sería estupendo que fuera al revés. Cuando se alcanzara el límite permitido, se apagara la voz. Así todos haríamos el esfuerzo de no gritar. ¡¡Qué agradable sería todo!! Seguro que menos estresante.

¡¡¡FELIZ JUEVES!! 

 ¡¡Invierno vete ya, no te queremos más!!

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