miércoles, 30 de marzo de 2016

La fugacidad de la vida


Mis abuelos, por decisión propia, decidieron irse a vivir al campo. Y digo campo, y no pueblo, porque donde ellos vivieron los 50 últimos años de su vida  ni siquiera es un pueblo.  Allí fueron muy felices viviendo la vida como ellos escogieron: sin prisas, ni ruidos, ni casi gente, salvo los fines de semana que íbamos todos. Y cuando venían a Madrid a mi abuela le encantaba mirar por la ventana o irse a una terraza a ver pasar gente. Sin esperar nada interesante, simplemente dejaba pasar el tiempo disfrutando de la estampa. Parecía que el tiempo se detenía para ella. Su modo de vida es lo que me viene a la mente cuando pienso en lo que, de manera muy cursi o snob, llamamos slow time o vida slow. 
Hoy hemos vuelto a la rutina escolar. Prisas para despertarse, prisas para desayunar, vestirse, ir al cole, ir al trabajo, hacer compra. comida, casa, extrascolares... Aunque las tardes sean más largas se nos echará el tiempo encima y habrá que correr para que no se pase la hora de acostarse. Y así pasarán los meses, casi sin darnos cuenta porque la vida pasa rápido y llegarán las vacaciones. Y entonces volveremos a experimentar esa vida slow, que tanto disfrutaron mis abuelos durante décadas y que nosotros nos conformamos disfrutar 15 días al año. Y yo me pregunto, ¿saborearon ellos más que nosotros cada momento de su vida? ¿fueron más felices? ¿disfrutaron más de las cosas? Pues seguramente. Pero esta es la vida que nos ha tocado vivir o hemos elegido. Así que hay que apechugar con lo que tenemos. Y como todo pasa tan rápido, en un rato ya estamos de nuevo en vacaciones. Y sino, al tiempo.

¡¡¡FELIZ MIÉRCOLES!!!   

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