martes, 23 de junio de 2015

Tragedia

Hace unos días celebré mi cumpleaños,  uno de mis días preferidos del año. Disfruto como si fuera una niña pequeña. Al principio porque lo era y ahora porque si. Solo hay dos días de mi cumpleaños que recuerdo grises. Uno no viene al caso y el otro fue el día que cumplí 23 años. Lo recuerdo como si fuera ayer. Me levanté con la misma ilusión que todos los años. Era un día caluroso y con mucho sol. Estaba en casa porque ya habían acabado las clases. Quizá me quedara algún examen por hacer. Pero ese día no. Y de pronto esa felicidad se esfumó. La radio, que siempre acompaña a mi madre por las mañanas, anunciaba que ETA había atentado en Madrid.  Un coche bomba había estallado en la plaza de Callao y había matado a un policía municipal que formaba parte del cordón de seguridad montado tras recibirse el aviso de bomba. Recuerdo la imagen del policía tendido en el suelo como si fuera ayer. Tenía 39 años y era padre de cuatro hijos.
Durante los últimos 20 años esos niños, hoy ya adultos, han podido recorrer cada rincón de España, Europa y del mundo entero sin posibilidad alguna de encontrarse con su padre. Y unos padres y una esposa, y unos hermanos, y unos sobrinos, y unos tíos tampoco han podido disfrutar de ese hijo, marido, tío y sobrino. Y esto si que es un problema político trágico. Porque esa familia, como 828 familias más, están separadas por la eternidad y no por cientos de kilómetros como le pasan a las 400-500 familias de presos etarras. 

FELIZ MARTES
(Aunque a veces tengamos que leer estas cosas)


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