martes, 4 de noviembre de 2014

En cada rincón...


Días de cementerios y crisantemos. Pero en mi casa no. En eso creo que somos atípicos.  En mi casa no somos nada de velar a los muertos, ni siquiera recién fallecidos. Para mi, el cuerpo de un muerto es como la muda de las serpientes. Se queda en el camino. Así que no entiendo eso de ir a llevar flores a lo que, en el mejor de los casos, es un montón de huesos, cuando no polvo. Por eso quiero que, cuando me muera, esparzan mis cenizas por donde soy feliz y espero que los míos también lo sean. Y no es otro que el Lugar.
Y no significa que no recuerde a mis familiares fallecidos. Los recuerdo y todos los días. Porque si yo soy lo que soy ha sido gracias a ellos. No puedo evitar recordar a mi tío Javier cuando limpio mis zapatos, o a mi tía Pilina cuando en casa se vibra con el Real Madrid o cuando mi compañero Fernando se empeña en llamarme Pilar (porque dice que tengo cara de llamarme así) y yo no le corrijo acordándome de ella. O de mi tío Tato cuando cantamos en casa. Y de mis abuelos... de esos si que me acuerdo a diario. De mi abuelo paterno a penas tengo recuerdos, pero de mi abuela tengo muchos y no puedo evitar esbozar una sonrisa cada vez que me pinto los labios. Y de mis abuelos maternos otro tanto. De mi abuela todas las noches cuando hago mis hazanas (como decía ella) que no es más que las tareas propias que hacemos las madres cuanto tratamos dejar todo recogido, mochilas preparadas, ventanas cerradas... Y de mi abuelo... buf de mi abuelo, ¡me enseñó tanto! Rarísimo es el día que no se menciona su nombre en mi casa.
Por eso yo no necesito ir al cementerio estos días, ni ponerles flores. Porque todos los días en mi casa es día de todos los Santos. Los Santos que velan por mi, me protegen y consiguen que sea feliz, a pesar de su ausencia.

¡¡FELIZ MARTES!!

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