lunes, 28 de julio de 2014

El número no importa

Esta entrada llevaba en mi cabeza desde hace algún tiempo. Pero no tenía ni la paz ni el tiempo necesario para escribirla y plasmar en ella todos mis sentimientos  a este respecto. Desde que era pequeñita tenía muy claro mi misión en esta vida. La de ser madre. Siempre me gustó jugar a los muñecos. Recuerdo un verano en Pravia (Asturias) que tanto dimos la murga a mis padres que mis tíos terminaron haciendo una colecta para comprarnos aquel muñeco tamaño bebé que con tanto deseo mirábamos tras los cristales del escaparate de la juguetería y que hacia el número "enecientos" en el cuarto de los juguetes. Y no puedo evitar sonreír con cierta nostalgia aquella sensación que me produjo la incorporación de ese nuevo miembro a la familia.
Así que siempre tuve claro que si Dios quería, tendría una familia grande, de al menos cuatro hijos. Cuatro seguidos, para que mi vida fuera un infierno/paraíso durante un tiempo pero en la que siempre hubiera niños, adolescentes, jóvenes, adultos y vuelta a empezar. Pero la vida, por mucho que te empeñes, nunca es como uno quiere que sea, si no es como es. Y tienes dos opciones: o disfrutar con lo que te viene o ser un desgraciado toda tu vida, viviendo una vida provisional esperando la verdadera, que seguramente nunca llegue. Y mi vida, que en principio iba como la había previsto (mi carrera, mi trabajo, mi novio, mi boda de ensueño, mi marido, mi casa...) se truncó al romperse mi matrimonio. Mi vida perfecta hecha añicos. Ya no había marido, ni familia. Recuerdo llorar agarrada a mi madre pensando que jamás iría a la playa con mis niños. Pero la vida, la misma que me había jugado una mala pasada, me tenía guardada una sorpresa, la más grande, y conocí al Santo. El primer día que quedamos le dejé bien claro que quería ser madre y que haría todo lo posible por conseguirlo. Le debí gustar mucho porque me volvió a llamar. Y me casé y a los 15 meses nació la Princesa. Y entonces volví a sentí aquella sensación que experimenté por primera vez en esa juguetería de Pravia, pero multiplicada por infinito. Por fin era la "madre de", iba a comprar ropita para mi hija y no para sobrinos o hijos de amigos, iba a bordar baberos para mi bebé y alguien me llamaría madre, la palabra más bella del diccionario. 
Y después de la Princesa, comenzó la búsqueda del hermanito. Pero nunca llegó y ya se pasó el tiempo de juego. Al principio tuve una sensación de rabia y tristeza. Pero pasados los primeros días esa sensación se convertió en miserable por haberme sentido así y poco a poco se transformó en satisfacción por el trabajo bien hecho. ¿Nos hubiera gustado tener más? Si. ¿Nos tenemos que sentir afortunados por ser padres de una niña sana, buena y que es nuestra alegría de cada día? Absolutamente. 
Soy muy feliz de ser madre, el número no importa. 

¡¡¡FELIZ LUNES!!!

3 comentarios:

  1. me dejaste sin palabras....que bonito! y por supuesto que el número no importa..besos
    Gri

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  2. Precioso y muy bien contado! muak Raquel Ozcoidi

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  3. Qué bonito y qué cierto todo lo que escribes. Me ha pasado exactamente igual y he experimentado los mismos sentimientos. Reconforta saber que hay más personas en la misma situación y con una actitud tan positiva que es la actitud que hay que tener siempre en la vida. Enhorabuena por este blog.

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