lunes, 24 de junio de 2013

Lolo, Amedio y otros miembros imprescindibles de la familia

Hace 35 años, cuando mi prima Emma accedió a cambiarme su mono Amedio por un bolso de Nancy, no sabía lo importante que iba a ser para mi. Desde ese preciso instante, Amedio me ha acompañado en todos los momentos importantes de mi vida, desde los más sencillos como una visita al zoo con toda la clase cuando tenía 8 años, hasta mi boda, nacimiento de mi hija, su bautizo...
Amedio ha sido mi gran compañero en el viaje de la vida, pero la gran pesadilla para mis padres porque cuando Amedio se perdía era una tragedia. Tras unas horas previas a un viaje a Portugal,  en las que yo me negué a subir al coche si no era con el mono, mi abuela decidió ponerle un cascabel. Vale, no era un chip conectado a un satélite, pero os puedo prometer que ayudaba mucho en las labores de rescate cuando Amedio se quedaba sepultado entre un montón de juguetes.
Amedio vive en el cajón de mi mesilla de noche y la Princesa sabe que puede coger y jugar con todo menos con el mono de mamá. Pese a todos sus cuidados, los años también pasan para un muñeco de trapo y el pobre cada vez está más deteriorado. Pero está.


Cuando me quedé embarazada no me planteé si la Princesa tendría un amigo del alma hasta que, asesorada por Mi Otro Yo, me leí el controvertido libro "Duérmete niño" de Eduard Estivill y lo puse en práctica. Entre algunas de las recomendaciones, el gran Estivill (para nosotros grande porque gracias a él dormimos todos estupendamente desde hace casi cinco años) señala reemplazar en la habitación del niño, la figura del padre, la madre o de ambos, utilizando un muñeco querido por el niño, explicándole que será el muñeco quien cuidará de él por la noche. Y entonces, de mano de una amiga, llegó Lolo a nuestras vidas. Un canguro de diseño de Zara Home. Desde entonces, la Princesa y Lolo han sido inseparables hasta tal punto que se han incorporado algunas palabras a nuestro vocabulario relacionadas con Lolo, como hacer la lolada cuando nos referimos a lavar a los muñecos.
Y desde que Lolo es uno más de la familia (mi suegra me llama para que no nos olvidemos de él cuando la Princesa se queda a dormir en su casa), creo firmemente en la teoría de que los traumas infantiles te salen cuando eres adulto. No sé si es una teoría o me lo acabo de inventar. Pero es la única explicación a que en mi casa no haya un solo Lolo, ni dos, ni tres. ¡¡¡Tenemos cuatro Lolos!!! Nada más adoptarlo, corrimos a hacernos con un par más y los Reyes Magos de Mi Otro Yo llegaron con el cuarto.
Porque además de la imagen de mis padres al borde del colapso porque Amedio no aperecía, tengo en mi retina la imagen de Mi Otro Yo desesperada buscando por la red un clon de Pepito, el conejo de mi Princesa grande, al percatarse de que si se perdía el original no había otro. Y así encontró a Pepito 2 en Londres y a las ranas de Diegote "el pragmático" en Estados Unidos. Evidentemente, el llegar a ellos no fue cosa de un rato delante del ordenador ni el precio que pagó fue igual que el de los originales.
Muchos pensarán que crear al  niño esa dependencia por algo es innecesario. Seguramente. Pero así ha sido y no me arrepiento de ello. Solo con ver como le abraza cuando le ve pienso que le estoy inculcando otros valores como la responsabilidad. Protege y cuida a su Lolo como un tesoro. Pero como Murphy en ésto no falla, la Princesa solo ha perdido una vez a Lolo y lo encontramos. De no haber tenido más, no aparece en la vida, ¡seguro!

¡¡¡FELIZ LUNES Y FELICIDADES A TODOS LOS JUANES Y JUANAS!!!

2 comentarios:

  1. Totalmente de aceurdo, yo no tuve amigo del alma, pero reconozco que Pepito Suave, Pepito Gris y las cuatra ranas son parte de la familia. Firmado Mi Otro Yo

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  2. Y yo que nunca he tenido un muñeco tan especial... ni mis hijos tampoco... desapegados que somos, oye... ya me lo decía una amiga, que esto del cierzo nos reseca mucho, jajaja

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