lunes, 6 de mayo de 2013

Por todos pero, especialmente, por ella

Ayer lo volví a hacer. Por tercer año, corrí la carrera de la mujer. 7 kilómetros por un Madrid irreconocible, sin coches y teñido de rosa. Absolutamente placentero, pese al esfuerzo necesario para enfrentarse a esos 7.000 metros de subidas y bajadas. Todo bajo la atenta mirada de un sol resplandeciente que, cuando se deja ver, convierte a Madrid en una ciudad aún más bella, sin cabe. Lo cuento como si de un maratón se tratase. Pero tened por seguro que para mi, como para el 80% de la mujeres que estábamos allí, es igual.
Y comenzó la cuenta atrás... tres, dos, uno.. ¡a correr! Y piano, piano con mi musiquita y con la compañía de mi amiga Mayra, sin duda un gran apoyo, fui quemando etapas. Desde el minuto uno tuve en mente al Santo. Él me ayuda a ser mejor en todo, sabe sacar de mi lo que ni yo sé que llevo dentro y por él iba poniendo un pie delante del otro sin caer en la dificultad de la primera cuesta a la que me enfrentaba. Y después pensaba en la Princesa y en lo orgullosa que se iba a sentir de su mami. Y la música siguió sonando. Y pese a  no ser así, el modo aleatorio del reproductor parecía que estaba programado para que saliesen las canciones que me recuerdan a la gente que quiero. Me acordé de Nana y Cris, de mis dos adoradas Elenas, de mis padres, de Richard y Mónica Grande, de mis niñas incondicionales... Pero si a alguien tuve muy presente desde que pisé la línea de salida y me lanzó su última mirada de complicidad diciéndome con sus ojos tan expresivos ¡vamos que tú puedes!, fue de Mi Otro Yo. Cada esfuerzo, cada resuello, cada satisfacción de ir pasando kilómetros iban dedicados a ella. Porque para mi es mi ejemplo de superación, de sacrificio, de constancia y sé que si ella pudo con todo, yo lo puedo hacer. Y cuando pensaba que iba delante de mi, corriendo como una jabata, feliz rodeada de amigas que la quieren y sana como una pera como ella dice, no había nada que me pudiera hacer flaquear. Ni siquiera la empinada calle de Alcalá o la de Ferraz. Y así, paso a paso, nota a nota, recuerdo a recuerdo, llegué. Y de premio tuve su abrazo y su reconocimiento. Y entonces, como en las últimas tres ocasiones, volví a sentirme orgullosa y feliz. Hermana, gracias por seguir corriendo a mi lado, con y sin zapatillas.     

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