martes, 11 de diciembre de 2012

Nunca digas nunca jamás

Para hoy tenía pensado publicar una entrada que estaba a punto de terminar y que había ido escribiendo a ratitos en mis largos viajes en metro. Pero ha desaparecido. Suena a típica excusa de que no he traído los deberes porque mi perro se los ha comido. Pero os prometo por las zapatillas de este blog que el texto existía y que ha desaparecido. Y no ha sido fruto de un virus que ha fagocitado mi Iphone, ¿o tal vez si? No he tenido más que preguntar a la Princesa por el documento que había en las notas del teléfono para enterarme de que, sencillamente, lo ha tirado a la papelera. Y se ha quedado tan ancha. Mi primer impulso ha sido comérmela, y no precisamente a besos. Pero internamente una voz interior me ha recriminado que me lo merezco. Y efectivamente, así es. Eso me pasa por dejarle el teléfono una y otra vez.  Y lo que más rabia me da es que hasta que no tuve a la Princesa nunca entendí porqué los padres permitían jugar a los niños con objetos de adultos. Y mira que se lo recriminé a Mi Otro Yo. Error, gran error. Y yo que juré y perjuré que nunca lo haría, mi Princesa no solo me ha borrado un documento, sino que en cierta ocasión llamó a una de las asesoras de la ministra Ana Pastor a las 10 de la noche de un sábado y,  para rematarlo, le mandó un mail en blanco. Así que después de eso, lo de perder un texto del blog, es lo de menos.
Si me permitís un consejo los que no tenéis hijos, contad hasta 10 antes de criticar una actitud poco lógica (aunque medianamente razonable) de un padre. Antes de que te des cuenta estás dejando el Iphone en sus manos, dejando comer pan en el coche o permitiendo que una personita de menos de un metro manipule tu preciado DVD, plantando sus dedazos de chocolate en los discos. ¿Entendido? Pues eso, nunca digas nunca jamás. Con los niños nunca se sabe.

¡¡Feliz martes!!!

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